martes, 25 de noviembre de 2008

SE DESATÓ LA “LOCVRA”


Era un día de ¡miércoles! 10 de setiembre. Me desperté con la emoción que todo buen peruano debe sentir cuando sabe que su país tiene una cita internacional en donde puede dejar una grata impresión a nivel continental. El Perú entero se paralizaba por la expectativa de ver a nuestra- muchas veces querida, otras tantas odiadas- selección nacional.
Es más, por cómo se daba las cosas, era nuestra oportunidad de demostrarnos a nosotros mismos y de demostrarle a América Latina, que nuestro querido Perú es un pueblo con corazón y amor propio (características que bien lo refleja por historia y tradición mi Alianza Lima, aunque hoy esté mal en el torneo). El partido contra Venezuela hizo resurgir la confianza del combinado patrio y también la esperanza del sufrido hincha peruano. La seguridad de obtener un triunfo frente al equipo argentino eran escazas, sin embargo el corazón nos decía que ese partido, trascendental para nuestras aspiraciones mundialistas, al menos tendría un final impactante. De infarto. Y así fue.
Esperé con ansias las 9:30 pm con la ilusión de ver a este renovado Perú, ceñirse por segunda vez consecutiva de la victoria y así demostrarle a los argentinos y al resto de selecciones que nuestra tierra no será plaza fácil para ellos.
Ya en la comodidad del departamento de mi amigo, junto a otros allegados y compañeros de estudios, empezamos la previa del encuentro fiel a nuestro estilo, animándonos a dar un score a favor de nuestra selección y no faltó un aguafiestas que daba un resultado en contra.
Y la hora llegó. Al ver a mi selección salir al campo de juego, no pude evitar dejarme llevar por la emoción. Imbuido por el sentimiento nacional, me sentí más peruano que otras veces y creí ciegamente que los puntos se quedaban en casa, en nuestra casa. Arrancó el partido con un Perú empeñoso, cauteloso, sabiendo que el rival era de peligro. Por el lado contrario, los rioplatenses se sorprendieron con el orden defensivo planteado por los nuestros. Así se fue el primer tiempo. Con pocas jugadas de peligro, pero con una gran intensidad vivida en las tribunas.
Los quince minutos del entretiempo se nos pasaron volando, y ya estábamos de vuelta en nuestros asientos para seguir alentando a nuestro equipo nacional. En el segundo tiempo, la actitud de los jugadores no cambió (el que diga lo contrario, no vio el partido, al menos no lo terminó de ver). Sin embargo, cuando menos lo esperábamos- y digo menos porque era nuestro mejor momento del partido- llega el inesperado gol albiceleste. El silencio se apoderó de las tribunas, del comentarista y de nosotros. Era el minuto 82. Nuevamente los fantasmas invadieron al cubículo donde estábamos viendo el partido, y nuevamente ese aguafiestas nos repetía en forma continua que Perú iba a perder. Pero eso no sería así. Y tengo que agradecerle al destino (y a Fano también) de que eso no fuese así. Transcurría el minuto 93 ST, y el “loco” Vargas, en una épica jugada individual, con el empuje de todo mi sufrido Perú, realiza una loca corrida de ochenta metros. Dejando atrás a uno de los mejores volantes de contención de Argentina, Sebastián Bataglia, tuvo tiempo para levantar la cabeza, tuvo tiempo de mirar a Fano, tuvo tiempo de lanzar un buen centro. Y Fano hizo lo suyo. Fano hizo lo que debe hacer un goleador. Se lanzó para meter esta pierna prodigiosa y vencer al meta Carrizo. A cobrar. Golazo. El estadio se levanto de algarabía por el tanto marcado, como nosotros de nuestros asientos. Ver como ese balón, bendito balón se introducía a las redes; y ver a los espectadores, tan peruanos como nosotros en el departamento, gritar de júbilo por aquel gol, aquel empate que hacía renacer mis esperanzas del repunte en el torneo eliminatorio. Aquel gol lo grité con una sensación de ira contenida y a la vez de satisfacción y esperanza que nuevamente me invita a creer en mi selección. Inmediatamente después del gol, sonó el pitazo final. Seria empate. Pero, por las circunstancias en las que se desarrollo el juego, una paridad con sabor a victoria. Por primera vez sentía que Dios es peruano, que es de los nuestros, y que no se había olvidado de nosotros.
Aquel partido fue memorable, por el empuje de los nuestros y por el rival al que nos enfrentábamos. En la vida como en el futbol a veces se gana, otras se pierde. Lo importante es nunca darse por vencidos. Los resultados caen por su propio peso.